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jueves, 31 de julio de 2008

Malvados de cine... ¿y de televisión?

Se acaba de publicar la lista de los más diez “mejores malos” de la historia del cine, según Hollywood.com. El podio es para Darth Vader (el actor David Prowse, con la poderosa voz de James Earl Jones), Hannibal Lecter (Anthony Hopkins en El silencio de los corderos) y la enfermera Mildred Ratched (la actriz Louise Fletcher en Alguien voló sobre el nido del cuco). Le sigue, oh sorpresa, Javier Bardem en su interpretación de Antón Chigurh (el asesino de No es país para viejos). Del 5º al 10º, Lord Voldemort (Ralph Fiennes en la saga de Harry Potter), la bruja verde de El mago de Oz (Margaret Hamilton), el doctor Maligno de Austin Powers (Mike Myers), Stansfield (Gary Oldman como policía corrupto en León (el profesional)), Hans Gruber (el jefe terrorista de La jungla de cristal, interpretado por Alan Rickman) y Joker en la última película de Batman, El caballero oscuro (el difunto Heath Ledger).

Una de las reflexiones que provoca esta lista es que malos fascinantes hay pocos. En realidad, Darth Vader y Hannibal Lecter, personajes en sí mismos. Chirug (aunque Bardem sea, de calle, lo mejor de la peli de los Coen), como Voldemort, la enfermera Ratched, Joker o Gruber, son de segunda división. Por no hablar del doctor maligno o la bruja verde, que son de coña. Los malos de verdad son inteligentes, carecen de emociones y están atormentados. Vamos, la definición de un psicópata.

No confundir un malvado con un “pobre diablo”. Los pobres diablos, que abundan mucho más que los malvados, son mucho menos inteligentes de lo que se creen (y suelen presumir de lo que carecen), son mediocres más que atormentados (les puede la soberbia, la falta de humanidad y generalmente la falta de educación, de forma que suelen sustituir el necesario buen humor por la gravedad en su discurso) y sí tienen emociones, aunque sean negativas (la envidia les genera ira, tristeza, desprecio, vergüenza…). Un malvado de verdad es un gran enemigo. Al pobre diablo, lo mejor es no hacerle el más mínimo aprecio, ni a favor ni en contra.

Entre mis lecturas de estos días (además de mis deberes shakespearianos: ayer, Los dos hidalgos de Verona y hoy La fierecilla domada), me he traído a Punta Cana El Pensamiento Negativo. Acierta mal y pensarás, de Risto Mejide (sí, el de Operación Triunfo). Tiene gracia leer El pensamiento negativo en una playa del Caribe, entre baño y baño a temperatura perfecta y rodeado de palmeras. ¿Se pueden tener “pensamientos negativos” aquí y ahora? Lo dudo muchísimo.

El libro de Risto está en 8ª edición de marzo a julio de este año (La sensación de fluidez ha llegado a siete ediciones en nueve años; bien por Risto). Me ha sorprendido muy positivamente. Como él mismo dice, “la buena noticia es que este libro no te va a ayudar para nada; la mala, que lo va a pretender”. En su búsqueda de la originalidad, el libro está paginado hacia atrás, para que el lector sepa cuántas páginas le faltan. El autor domina el lenguaje de la publicidad, como no podía ser menos para alguien que ha trabajado en Bassat Ogilvy & Mather, Saatchi & Saatchi, Euro RSCG o *SCPF): “En vez de represión, educación; en vez de libre, infantil; en vez de aburrido, mayor; en vez de muy aburrido, adulto”. Comienza riéndose de sí a partir de la historia de un gatillazo (“es la primera vez que te pasa”) y nos cuenta las reglas por las que pretende que nos caiga mal:
1. Porque no quiero nada de ti (el que intenta caerte bien es porque intenta sacarte algo).
2. Porque quiero que tú y yo nos ignoremos tal como somos.
3. Porque necesitamos gente que nos caiga mal. Es un lado oscuro y poco agradable de la naturaleza humana, pero que complementa y redondea la capacidad de amar y de querer de una persona adulta y madura. “Hay que tener enemigos a la altura del conflicto”.
4. Porque nos define mucho más lo que negamos que lo que aceptamos.
5. Porque cuando dices algo, molestas a alguien.

“Somos algo muy parecido a un manojo de promesas que han ido caducando en forma de fracaso o, con suerte, transformándose en bonitos recuerdos” (escribe Risto en el capítulo Qué quieres ser de mejor, uno de los que más me ha gustado). Nos ofrece listados del tipo “100 cosas que he hecho y –en teoría- no debería volver a hacer”, nos habla de galas de triunfitos, de cómo llegó a convertirse en “el malo” de la tele (por cierto, gracias a mi amiga Pilar Jericó, que hacía el papel de “la buena” en un fallido concurso sobre inventores), de los mediocres, de la tele.

“Te propongo un juego. Hazte con una parrilla televisiva de la semana pasada, elige un día cualquiera. Ahora suma las horas dedicadas a “magazines”, eufemismo que utilizan las cadenas para vomitar esa prensa amarilla del mundo rosa que se dedica a ponerse verde. Y finalmente, compara esa cifra con la audiencia media que tuvo la cadena durante todo ese día.
Yo lo acabo de hacer. 0 horas emitidas de magazines en La Sexta, obtuvo un 4% de audiencia (=dinerito). 0 horas en todo el día también en la 2, que hizo un 5’7% (y aunque cueste de creer, 0 horas de documentales). 2 horas de magazines en Cuatro, que hizo un 7’7% de share (= más dinero). 3 horas y media en TVE1, obteniendo un 15’9% (= mucho más dinero). 4 horas y media de magazines emitidos en Antena 3, que hizo un 16’9% (= los directivos sonríen, los accionistas aún no). Y por último, 7 horas y media en Telecinco, que llegó al 22’7% (= directivos y accionistas dan palmas con las orejas). Casualidad, seguramente.
Tenemos la televisión que nos merecemos. Tenemos la televisión que queremos ver.”

Risto nos recuerda aquello de que los mercados son conversaciones (el primer postulado del Cluetrain Manifesto) y, a pesar de ello, que nadie escucha. “Que la inteligencia, al final, va a ser como el criterio, la valentía, el buen gusto o el sentido del humor. Que todo el mundo se piensa que la tiene.” “El triunfo atonta, porque crees que lo vas a poder repetir”.

Elegancia es dónde dices “basta” es uno de sus aformismos. Se declara “Siempre borde antes que hipócrita” y su frase favorita es “Crecer es aprender a despedirse”. Para Risto, el ADN del Personal Branding es Autenticidad (ser fiel a uno mismo), Diferenciación (contrastarse con el entorno) y Notoriedad (sorprender y sorprenderse). Brillante. Y la marca, la promesa consistente en el tiempo.

De Operación Triunfo sólo vi partes de la primera edición (aquella de Rosa, Bisbal, Chenoa y Bustamante), en la que no aparecía este personaje. Está claro que Risto Mejide es un tipo inteligente, por lo que de pobre diablo no tiene nada. Leyendo su libro, tampoco creo que sea un malvado. Malvados de la tele son Falconetti (el de Hombre rico, hombre pobre), la "lagarta" de V o (cariñosamente) los supercicutas del Un, dos, tres...
Risto simplemente es un producto de la televisión, como él mismo reconoce. “Estamos tan mentidos que incluso la verdad nos parece mentira”, escribe él mismo. Tal vez sea eso.

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