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lunes, 17 de diciembre de 2007

La empresa como orfanato

Estoy inmensamente feliz porque El orfanato, tras haber recibido el beneplácito del público (más de cuatro millones de espectadores, la película más taquillera del año y una de las dos más vistas de la historia del cine español) y del mundo del cine (elegida por la Academia como representante de España ante los Óscar, 14 nominaciones a los Goya), hoy ha recibido el respaldo del mundo empresarial. Gracias a la APD, más de 600 directivos hemos visto la película juntos en el Palacio de la Música, el cine en el que la película celebró su première hace 70 días.
Ha presentado el acto Enrique Sánchez de León, Director General de APD, agradeciendo a la productora de la película, Rodar y Rodar, y a eurotalent como coorganizadores del evento.Ha comentado que se trata de una película de género sin sangre, sin vísceras, sin villanos. Un drama psicológico y/o una peli de fantasmas. Un film que conmueve. Y que APD va a seguir apostando por modelos innovadores como éste.

Tras el pase de El Orfanato ha tenido lugar un coloquio sobre La empresa como orfanato, que he tenido el privilegio de llevar adelante.
Es evidente que El Orfanato es en sí misma una bella historia empresarial. La de un joven barcelonés de 32 años, "Jota" Bayona, que se colaba desde hace 15 años en el festival de Sitges a ver películas de terror, dispuesto a dirigir su ópera prima. La de un guionista, Sergio G. Sánchez, (un ovetense de 34 años) que también destila cine por todos sus poros y cuyo texto fue reconocido por el II Laboratorio del festival de Sundance. La de una pequeña productora catalana, Rodar y rodar (Joaquín Padró, Mar Targarona), que apostó decididamente por el proyecto. La de Guillermo del Toro, que conoció a Bayona en el mencionado festival, que supo ver el talento del equipo y las posibilidades de la película. La de una cadena de televisión, Tele 5, que se sumó de manera entusiasta al proyecto. La de un elenco, con Belén Rueda al frente, capaz de comprometerse al máximo. La de un rodaje (la mayoría, debutantes), desde el 15 de mayo de 2006, en un clima de alta satisfacción y mucha exigencia: cuatro semanas en el Palacio de Partaríu (Llanes) y otras seis en Barcelona, en un decorado como los de antes. La de los festivales (Cannes, donde la película recibió 20 minutos de aplausos, Sitges, Toronto, Nueva York) que la acogieron con enorme cariño. La de la Academia de Cine, presidida por Ángeles González-Sinde, que la nominó para representar a España en los Óscar de Hollywood. La de la première en Madrid, en la Gran Vía, y el apoyo de los medios. El resultado es una película de genero (etiquetada como “de terror”), que ha superado desde su estreno el 11 de octubre los cuatro millones de espectadores. Y lo mejor está por venir: se estrena en un buen número de salas de Estados Unidos esta misma semana, inicia su andadura europea (se ha vendido a 40 países) y es muy posible que consiga la nominación de Belén Rueda al Óscar a la mejor actriz. Quedan además los Goyas. Un éxito empresarial al que el propio mundo de la empresa debe mostrar su admiración y su decidido apoyo.

Pero además, El Orfanato me parece una maravillosa metáfora de las empresas que no funcionan, que causan que el 38% de los profesionales en nuestro país, un total de 7’6 millones de españoles, sufra de trastornos psíquicos (ansiedad, estrés, depresión, burnout).

La película empieza con unos niños jugando al “escondite inglés” (Un, dos, tres, toca la pared). Y dejan de jugar. Es la idea de juego, de disfrute, que ha de imperar en el talento. Debido a los cambios del entorno, muchas empresas abandonado el paternalismo (los dueños como “padres”, tomando todas las decisiones): ya no pueden ofrecer seguridad, un empleo para toda la vida. Sin padres, los empleados quedan “huérfanos”. Y la empresa se convierte en eso, en un orfanato.

Laura (Belén Rueda) es adoptada (promovida en la empresa a directiva) y se aleja del mundo de los niños. Es Wendy respecto a los niños perdidos.

La respuesta de los directivos, desgraciadamente, suele ser seguir tratando a los “subordinados” como niños, relacionándose con ellos casi exclusivamente a través de instrucciones (ordeno y mando), pero sin poder ser sus padres sino sus vigilantes. Entonces estos trabajadores se convierten en lo que ha llamado David Bolchover en su libro Los muertos vivientes. El despido interior, el absentismo emocional. Almas en pena que reaccionan ante lo que se les pide, que no muestran proactividad, iniciativa, colaboración, actitudes netamente humanas. Son personas que sufren de falta de estímulos en su actividad laboral, sobre las que no se practica el reconocimiento, que están pero no están pero no están. Que demandan “jugar”, como los huerfanitos de la película, pero que nadie (sobre todo sus jefes) les hace ni caso. Algunos datos: en Gran Bretaña, uno de cada tres visitantes de parques temáticos en días laborables está de baja; los médicos consideran que hay 9 millones (la población de toda Suecia) de peticiones de solicitudes “sospechosas” de certificados de bajas. La página web “I should be working”, con consejos para parecer que estás haciendo algo en la oficina, recibe 10.000 visitantes al día…

Suelen darse pequeñas crueldades, como la de los niños con Tomás, y venganzas como la de Benigna (Montserrat Carulla). Benigna es el “lado oscuro”, vengativo. En lo que se podría convertir Laura si no asumiera la perdida de su hijo Simón.

De vez en cuando, un alma caritativa (como Aurora, la médium que interpreta Geraldine Chaplin en la película) se da cuenta de la situación y la denuncia. Dice “oyes, pero no escuchas” y “no se trata de ver para creer, sino de creer para ver. Cree y verás”. Pero es tachada de impostora por las “fuerzas vivas” (en este caso, el marido, Carlos, el médico frío y desapasionado que interpreta Fernando Cayo, y la psicóloga de la policía, Pilar, Mabel Rivera). En definitiva, dos mundos: el de los “mayores” (los que mandan) y el de los “niños” (los que obedecen), separados unos de otros por el miedo. Por ello, la esperanza de vida de las empresas ha pasado de 43 años en los inicios de la década de los 80 a 14 años en la actualidad. Como dice Laura (Belén Rueda) en la película, “¿Quién va a dejar que cuide a su hijo si no soy capaz de cuidar del mío?”. ¿Cómo van a ser fieles los clientes externos si no se trata con dignidad y respeto, como adultos, a los clientes internos, a los profesionales que forman parte de ella?

Uno de los niños, el hijo adoptado (Simón, que interpreta Roger Príncep) traspasa la frontera. Le han mentido, no se siente escuchado y se va (el 70% de los profesionales abandona las empresas por una mala relación con su jefe). La madre, Laura, es la parte emocional y Carlos, el padre, la parte racional. Cuando Carlos hace tándem con Pilar (el poder coercitivo, la policía), comienza a ocultarle cosas a Laura. Después de cierto tiempo, la madre comienza a entender lo que pasa. Comienza a jugar, a preocuparse por los niños. A poner su capacidad al servicio del reto. Cuando Belén Rueda se atreve a decir “No tengo miedo” (el gran lema de la calidad, para Deming: “desterrad el miedo”), descubre lo que pasa. Y se queda para siempre en el orfanato, a proteger a los niños perdidos. Son las siete tumbas que aparecen al final de la película. Es Carlos quien la cierra.

Afortunadamente hay una solución a la empresa como orfanato y a los muertos vivientes: el Liderazgo. Organizaciones que son dirigidas profesionalmente, logrando el compromiso de los profesionales a través de dos grandes vías: un proyecto ilusionante, una estrategia clara, compartida por todos, una visión de futuro esperanzadora que involucre a todos los integrantes de la empresa, lo que llamamos dirigir por valores, por misiones; y la credibilidad de los propios directivos, considerados como auténticos líderes de equipos porque generan confianza, porque inspiran y animan a los demás. En esos casos (y no olvidemos que, según las investigaciones, sólo el 16% de los directivos en España son verdaderos líderes para sus colaboradores), la empresa se parece más a una Orquesta Sinfónica, con adultos responsables, con maestros en lo que hacen, como soñaba el maestro Peter Drucker hace algunos años.

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